Recientemente leí un libro que me dejó pensando harto: Solaris, de
Stanislaw Lem. La historia transcurría en un planeta, colonizado hasta cierta punto por humanos - estudiado sería, tal vez, el término más apropiado- y habitado por un enorme océano que ocupaba casi todo el planeta, no líquido sino más bien una suerte de estructura coloidal, cuyo funcionamiento escapaba al entendimiento de los científicos humanos. Ciertamente se sabían dos cosas: el océano se comportaba como si estuviera vivo, y no solo eso, se comportaba como si fuera un ser inteligente.
Parte de lo que cuestionaba/criticaba Lem era la definición que nosotros usualmente tomamos para vida o para inteligencia, refiriéndola siempre a nosotros como especie y nosotros como organismo. La arrogancia humana (de la cual yo suelo hacer tanta gala, enfocado, obviamente, en mí) es tan abrumadora que resulta sorprendente la cantidad de semejanzas que podemos encontrar con otras especies y fenómenos
naturales, así como disimilitudes con nuestras ideas preconcebidas de lo que es orden, estructura y organización, definidas casi siempre a partir de algo relacionado a nosotros mismos.
James Lovelock, y más adelante
Lynn Margulis, son parte de la comunidad científica que considera, por ejemplo, a la Tierra como un enorme organismo. No una roca llena de bichos, sino un
meta-bicho, con su sustrato inerte, su concha o caparazón interno, sus tejidos conectivos, fluídos, etc. Este organismo, astutamente apodado
Gaia, se encarga de modificar la atmósfera terrestre con el objetivo (probably
self-evolved) de regular las condiciones que permitan su propia existencia, desde la temperatura, composición, salinidad de los mares, entre otros factores. El océano de Lem regulaba el campo gravitatorio de su planeta, para permitirle orbitar sus dos soles. Nuestra
Gaia se encarga de regular su atmósfera, para permitirse seguir existiendo.
La vida es un concepto en extremo truculento. Consideramos vivo a aquello orgánico, que tiene un desarrollo fisiológico, que crece, que potencialmente se reproduce y eventualmente se degenera y muere. Pero, ¿dónde quedan los límites de esta idea, por no decirle
definición? En un sentido estricto, una célula está viva, pero las células de nuestro organismo no podrían existir solas, necesitan de sus demás compañeras. ¿Somos los organismos, por extensión, seres vivos? ¿O lo somos por definición? Tal vez, debería diferenciarse entre célula, tejido y organismo (un biólogo me destruirá por lo limitado de mi conocimiento técnico), pero los
slime molds podrían entonces parecer contradictorios. La humanidad podría considerarse como otra posible extensión de la definición, así como un hormiguero o termitero podrían ser considerados extensiones de las entidades individuales, pero con un funcionamiento propio y definido. Y si incluimos la simbiosis, pues nuestro ser está lleno (es pertubador, lo sé, la sola idea de tener bichos y alimañas recorriéndome por todos lados y funcionando armoniosamente conmigo... tramadol,
right now) de otros microrganismos que conviven con nosotros y tal vez hasta nos definen; entonces podríamos considerar a cada ecosistema como una entidad más, y seguir subiendo así de niveles, hasta llegar a la Tierra entera, a la biósfera; es decir, a
Gaia.
Y, ¿en qué nivel es que se manifiesta lo que llamamos
inteligencia? Ciertamente una célula no parece poseer ningún tipo de inteligencia, pero como lo demostraron hace poco unos científicos japoneses, los
slime molds tienen la capacidad de resolver laberintos cuando se trata de encontrar alimento. ¿Será posible, tal vez, que nosotros como humanidad, manifestemos también algún tipo de
meta-inteligencia? Bueno, viendo lo que le hacemos (y nos hacemos) a los demás, parece un muy mal ejemplo. ¿Y las hormigas? ¿O las termitas? ¿Qué ocurriría si, como si fuésemos un enorme cerebro, cada uno de nosotros cumple su función, simple, sencilla, automática, y actúa como una insignifante, pero significativa neurona, en este gran cerebro que sería Gaia... o tal vez simplemente la humanidad? O quizás, nosotros no somos el cerebro, es decir, ¿por qué tendríamos que serlo? Podrían serlo los océanos, las bacterias, o los bosques; y nosotros ser simplemente el equivalente a un enorme sumidero de porquería, como el colon.
Marte es solo uno de los muchos cuerpos en el sistema solar, incluyendo satélites como
Europa, que tienen, y han tenido por mucho tiempo, agua y hielo dentro y sobre su superficie. Se cree que en dichos lugares existe, ha existido o podría existir alguna forma de vida. A muchas estrellas, de la galaxia y fuera de ella, se les asocian planetas, y se especula que en ellos podría existir también vida, quizás inteligente. Lo paradójico de todo esto, es que tal vez, nuevas formas de vida existen en nuestro propio planeta y no nos damos cuenta. Órdenes, estructuras y tal vez
inteligencias, que escapan todavía a nuestra comprensión, existen alrededor nuestro, a pesar nuestro, a costa nuestra, y no las percibimos, ni siquiera las entendemos. Podríamos lograr toda una revolución si considerásemos comunicarnos con alguno de los otros niveles de organización con los cuales coexistimos. La sola posibilidad me parece alucinante, definitivamente es algo interesantísimo para ser estudiado.
Y lo más irónico, como siempre, es que la mayoría de gente, al final, ¡vive intrigada pensando en platillos voladores!